Foodies: entre el gourmet, el boutique y el pop up.

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Últimamente revisando revistas de tendencias, lanzamiento de nuevos programas de TV y eventos relacionados con comida en Chile he observado la proliferación del uso de palabras como gourmet, boutique o pop up para describir y diferenciar un tipo de experiencia relacionado con la comida.

La propaganda a estos  productos o experiencias exclusivos, desde el punto de vista del lenguaje, invita a pensar en una oferta de actividades culturales que necesita excluir a algunos para poder legitimarse dentro de un grupo de elite.

En este caso, eventos como Ñam, Feria del Sánguche o Mercado Paula Gourmet, tiene una marcada connotación de clase social, en el cual un grupo social que puede costear y más importante aún, apreciar aquella diferencia es la llamada a asistir y promover aquel evento, producto o espacio.

Lo que me parece interesante además, es como estos adjetivos tienen múltiples usos, para eventos y productos muy distintos entre sí, en términos de calidad, estética y la experiencia que se busca transmitir. Existen entonces grados de exclusividad?, es igual de gourmet el carrito de comida de Andrés Baile que el evento pop up que está realizando El Colectivo y los eventos de otros emprendedores de los food trucks en Santiago.

En este sentido, me parece que en la nueva escena culinaria chilena (más bien, santiaguina) existe una menor preponderancia de la figura de los foodies o connoisseurs culinarios. A partir de mi investigación doctoral he conocido sobre el nacimiento de esta  categoría y la formación de capital culinario; tomando el trabajo de los capitales de Bourdieu, Johnston y Bauman en su libro Foodies: Democracy and Distinction in the Gourmet Foodscape (Cultural Spaces) definen foodies como “alguien con un gran interés en aprender y comer buena comida y que no trabaja en la industria de la alimentación (Johnston y Baumann, 2009).

Los foodies o las autoridades en materia culinaria, a veces representados por chefs, pero también aficionados culinarios, se forman en un proceso que implica tanto ostentar de un alto grado de capital cultural y social, pero también poder explotarlo en un entorno que estimule el realizar esas diferenciaciones.

En ciudades multiculturales, donde la oferta culinaria y el potencial creativo de la escena de comida son mayores (como en Londres), estos actores cuentan con amplio campo para jugar y generar diferenciaciones,  crear estándares de calidad o excelencia, y así mismo producir y reproducir elementos de distinción (exclusión) en el ámbito culinario.

Considero que la realización de nuevos y diversos eventos culinarios mostrara el nacimiento de nuevos roles, intermediarios culturales, en la producción cultural de la industria de la alimentación.

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Anton Ego, crítico de comida en Ratatouille

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